El Rostro Cómplice

El río de su vida había trascurrido mucho tiempo por aguas turbulentas. A sus 40 años se sentía sola, más sola que nunca, pero prefería ocultar su soledad ante los demás porque así nadie osaría criticar su estado, que era lo que más temía.

Apenas conservaba unas amigas de su etapa en la universidad, pero estaban alejadas, cada una con su vida ordenada, con su pareja y sus hijos, su relación con ellas se limitaba a chatear en un grupo de whatsapp.

La relación con sus padres y su hermana no pasaba por su mejor momento, algunos malentendidos habían generado distancia y ya se sabe, la vida está llena de gente sola por no dar el primer paso.

Desde hacía meses su único aliciente era reunirse con 2 compañeras de trabajo con las que quedaba cada sábado para cenar. Durante la cena reían comentando las mejores jugadas de la semana laboral, los chismes, dimes y diretes y repartiendo leña de muchos árboles caídos, terminaban la velada frecuentando un pub de música ochentera.

Era allí donde su mirada buscaba con cierta ansiedad ese rostro cómplice por el que sentirse atraída, ese rostro que iluminase su vida y la arrastrase hacía el lado opuesto de la soledad, pero todo lo hacía de forma clandestina, mostrándose fuerte por fuera y débil por dentro y eso era, quizás, lo que le alejaba de conseguirlo.

Óscar Cebollero

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